"El Estado Gerontocrático"
 
Si Tocqueville llegara a nuestras costas para conocer nuestra sociedad, se asombraría de que los jóvenes no asumieran una abierta postura revolucionaria contra un Estado anciano y ajeno, que ha venido tejiendo una telaraña legal contraria a los intereses naturales de la juventud, en férrea defensa de la gerontocracia.
Hubiera advertido que la educación pública escolar no enseña habilidades suficientes como para garantizar al alumno una preparación que le conduzca a la universidad o la instrucción técnica, o tan solo para desempeñarse en un puesto de trabajo no especializado, ni siquiera para comprender a su propia sociedad en función a un pensamiento crítico sobre el complejo pasado histórico, el mestizaje como fuente de la identidad nacional.
No hubiera tardado en averiguar la casi inexistencia de una educación técnica de calidad, al alcance de los inteligentes y hábiles no dispuestos a consumir muchos años entre libros y teorías. Claro, el Ancien Régime ignora la necesidad de técnicos de alta especialización para las actividades extractivas y productivas de las que depende el desarrollo del país.
Se han ideado astutos incentivos sociales, económicos e incluso un servicio militar obligatorio que los conduce, no a la Universidad, sino a cualquier universidad. El sistema público de educación superior fue destruido por caciques parlamentarios que auspiciaron la fragmentación de las pocas universidades públicas medianamente eficientes para crear muchas otras al servicio de su clientelismo personal. Sus colegas empresarios multiplicaron en la universidad privada una oferta educativa mediocre, que satisface la necesidad social pero no la académica.
En esas condiciones, ya desfavorables, el Ancien Régime agregó una legislación que consagra la estabilidad laboral rígida, la casi propiedad del empleo privilegiado, que consagra la antigua aspiración de tener un empleo de por vida, que no exija esfuerzo ni superación pero brinde seguridad. Pero como la economía no logra crear nuevos empleos con la privilegiada estabilidad, los jóvenes que deben incorporarse al mercado laboral no logran insertarse en la formalidad y son carne de cañón para la economía informal que, de plano, otorga más del 50 por ciento de los puestos de trabajo.
Sí, a estas alturas ya Tocqueville descubrió la hipocresía de un Estado Constitucional que asegura defender el empleo digno, pero solo el de los adultos que ya lograron, por cualquier medio, la ansiada permanencia de por vida en un puesto laboral. En el colmo de la discriminación, el Ancien Régimen ideó que los jóvenes, por el hecho de serlo, pudieran aspirar tan solo a un empleo de medio pelo, una graciosa concesión con la mitad de los privilegios que las generaciones mayores disfrutan, muchas veces sin los méritos, ni la creatividad, ni la ética del esfuerzo que el joven ofrece.
Antes de embarcarse de regreso a Inglaterra, Tocqueville nos dejó un consejo: si tan solo Lima tiene 5,991,831 electores, y de ellos 2,626,345 tiene menos de 31 años, el Ancien Régime debe reformarse íntegramente, modificando su actitud de legislar a espaldas de los jóvenes, o asumir el riesgo de la caída del Estado Gerontocrático, pues tarde o temprano, la juventud exigirá que las reglas, servicios y procedimientos oficiales respondan a las verdaderas necesidades de los electores, principio básico del Estado Democrático de Derecho.

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