El mito de la falta de candidatos

Decenas de columnas de opinión, titulares y caricaturas, nos quieren convencer de que peligra la patria por los intolerables defectos de los principales candidatos. La idea es crearnos la necesidad de un candidato imprevisto, diferente, que nos sorprenda e ilusione.
Y claro, todos quisiéramos votar por un encantador John F. Kennedy, una firme Margaret Thatcher, o un astuto Felipe Gonzáles. Y solo tenemos, al parecer, a cuatro cuyas debilidades son exhibidas cotidianamente por los medios de comunicación, quizás con la esperanza de crear los mismos espacios que luego son cubiertos por aventureros providenciales que terminan censurando la libertad de prensa.
Desde 1931, los principales candidatos presidenciales no garantizaban, como ahora, la estabilidad del régimen político, la seguridad jurídica, ni la continuidad de un modelo económico exitoso. La campaña electoral continuamente recurría al temor a lo desconocido, al discurso de la destrucción de las reglas existentes. La publicación de encuestas solía provocar la incertidumbre entre los inversionistas, la retracción del gasto y el alza de los precios.
En cambio, semana a semana asistimos a un aburrido recuento de porcentajes y análisis que nos recuerdan que si gana Keiko, PPK, Acuña o Alan García, no pasará nada notoriamente malo a la economía. Sorprendentemente, las durísimas críticas que reciben ignoran un hecho central: después de muchas décadas tendremos elecciones presidenciales donde realmente no se decide el futuro de  la estabilidad del modelo económico, ni la continuidad de las principales reglas jurídicas, ni la supervivencia de los valores en los que se ha construido nuestra sociedad. Nada cambiaría demasiado, dejando librado el destino de cada familia al estudio y al trabajo de cada uno de sus integrantes.
Por supuesto, eso entristece a quienes quisieran votar por un Nicolás Maduro o un Salvador Allende. Pero todo parece indicar que no habrá un salto al vacío, el drama de perder lo obtenido con tanto sacrificio. Cada uno de los actuales candidatos tiene muchos años de experiencia en política y en tareas de gobierno. Reúnen en su entorno importantes equipos técnicos y, lo que es más importante, el deseo de sus líderes de no cometer nuevamente los errores e insistir en los defectos que sus críticos les enrostran.
La política y el gobierno son artes que requieren cierto talento, capacidad de liderazgo,  conocimiento del país, pero ante todo la experiencia de haber incurrido en el error grave, en el análisis fallido, en la decisión vergonzosa.  Antes de ello, el político exitoso se sobrevalora y cree infalible. Hoy tenemos opciones valiosas, personas que tienen muy clara su condición humana. Y eso, ya es una garantía.

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