Más Política y menos Combate

A finales de la República de Weimar, en la década del 30, los alemanes habían tomado por cierto la prédica de los extremistas. El comunismo y el nazismo se erigían como las únicas alternativas válidas frente al orden democrático defendido por los vilipendiados partidos de centro moderado: los social cristianos y los social demócratas, cuya imagen provocaba la desconfianza de los electores, más inclinados a optar por posturas fuertes, viriles y claras. Los ciudadanos dejaron de apoyar a los partidos que sustentaban el sistema, fue un rotundo triunfo de la noción Orden frente a la noción Libertad. Pero fueron los alemanes quienes terminaron con más de 20 millones de muertos, todas sus ciudades destruidas, sistemáticamente violadas sus mujeres y esclavizado medio país por la URSS. No es posible imaginar consecuencias peores. 

El orden político europeo, concebido por auténticos líderes universales como Erasmo de Rotterdam y Jean Monnet y trabajosamente construido por personalidades como Willy Brandt, Francois Mitterrand y Helmut Kohl, está siendo brutamente descalificado por extremistas de izquierda y de derecha, que tratan de aprovechar la primera crisis económica seria para provocar la desconfianza de los eurociudadanos en un sistema que les otorgó dignidad, libertad y prosperidad. 

Los radicales operan de esa manera. Como les es imposible confrontar el sistema inferior y primitivo que defienden con el modelo que la democracia y el estado de derecho consagran, procuran aprovechar las ocasionales debilidades para generar la desconfianza y el desánimo de las personas comunes que, sumidas en su cotidianeidad, guían sus más trascendentales decisiones con la misma emotividad con la que leen los titulares de Bild, -especie de Trome alemán-, o vibran con los retos de Combate. Para ellos, es imprescindible deslegitimar a los políticos y partidos moderados, mejor aún, a la Política, pues ella significa el reconocimiento y la tolerancia con los intereses que contradicen a los propios, más sencillo es vender un concepto irreal de un único interés colectivo, que por supuesto, solo es representado por el extremista de turno.

Por eso es necesario rescatar el optimismo en nuestros hogares. Nunca como hoy se descubren los abusos de las autoridades, los negociados de los amigotes. Nadie puede pensar que hace treinta años menos existía corrupción, hoy es la prensa independiente quien investiga y denuncia, son personas con capacidad de indignación quienes filtran videos sobre actos ilícitos, los que presionan para que fiscales y jueces procesen a los sospechosos. La impunidad que antes era moneda común hoy es la excepción. Hoy, con la opinión pública tan alerta y con tantos medios tecnológicos, es dudoso poder fraguar negociados sin asumir el riesgo de terminar en la cárcel.

Alertemos a los jóvenes: el mejor amigo del corrupto es la dictadura, la concentración del poder. La peor violencia es la que proviene de quien necesita negar el argumento distinto, aplastar a su adversario, pues no puede convivir con ellos por el carácter dogmático de sus ideas. 

Nuestro sistema necesita de más política, de más dirigentes moderados, incluso de los teóricos, honrados y aburridos. Menos adjetivos y más sustancia. Tanto en Alemania como en el Perú, en Grecia o en España, se necesitan políticos capaces de generar ilusión, pero de la verdadera, de la que se alimenta de Aristóteles, Locke y Lincoln, no de la absurda que invoca a Platón, Lenin o Franco.

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