Cuando no queremos ser mejores


En el almuerzo familiar o en la sesión del Congreso, no hay lugar donde no se hable de la necesidad de mayor calidad educativa, sin embargo, siguen en aumento las matrículas universitarias a 300 soles Medicina o 200 Administración. No es necesario esperar una evaluación internacional para saber que enviamos a nuestros hijos a lugares donde no encontrarán profesores con conocimientos actualizados y especialidad definida. Donde el nivel de exigencia será bajísimo para no desaprobar a nadie por no perder un cliente.  Los matriculamos en garajes y galpones porque, en el fondo, sabemos que no podrían competir con estudiantes que estudien de verdad, ni llegar a graduarse en facultades que exijan un estándar mínimo de habilidad académica. Entonces, hay una mediocre oferta educativa que el mercado no logra expulsar y  también  hay una importante demanda que requiere productos de muy baja calidad.

Es obvio que así como no hay buenos profesores universitarios para 140 universidades  tampoco hay suficientes alumnos estudiosos para tanta oferta educativa. No importa, porque obtendrán un título a Nombre de la Nación, grave distorsión del mercado, y así todos podrán soñar con ser cirujanos, jueces, dentistas y gerentes.

También tenemos universidades públicas de dudosa reputación, con los mismos problemas que las pésimas privadas pero mantenidas con dinero de los contribuyentes. Hay decenas que fueron creadas sin presupuesto y sin infraestructura, solo por necesidad política. Muchas otras, manejadas en función de la política partidaria o del interés de mediocres oligarquías. Sin incentivos económicos e institucionales dirigidos a la investigación y cumplimiento de estándares de calidad. Tuvimos la oportunidad de avanzar con una nueva ley universitaria pero perdimos de vista el objetivo central, mejorar la calidad, para terminar propiciando enfrentamientos innecesarios con académicos y al parecer, con la próxima mayoría parlamentaria, la que deberá corregir el desvío.

Asumamos nuestras contradicciones. Reclamamos un mejor transporte público, pero no estamos dispuestos a pagarlo. Nos indigna que el limeño periférico no tenga agua potable y deba pagar el agua más cara de Latinoamérica por cada cilindro, pero no estamos dispuestos a cambiar el modelo empresarial de Sedapal. Nos ilusiona el Mundial y exigimos triunfos, aunque sabemos que nuestro torneo interno es de los peores y nuestra selección de las más baratas.

El problema real es que un importante sector de electores quiere títulos fáciles, transporte informal, tarifas bajas. Eso explica que vote por políticos improvisados y campañas chichas.

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