La falta de arte en la política

La política, como cualquier profesión, exige en quien la ejerce un conjunto de cualidades para lograr el éxito y mantenerse en la actividad. Una de ellas es la templanza, que consiste en el control del carácter y de las emociones. Cualquier exteriorización, vía palabra o gestos, debe ser calculada y responder a una estrategia coherente con los objetivos perseguidos. El político debe asumir un rol conforme a las tendencias de sus representados, de sus electores o de su potencial mercado electoral. Así como al ingeniero se le supone ducho en matemáticas, al médico indiferente a la sangre, o al equilibrista amante de las alturas, el político ejerce una profesión que supone vivir permanentemente en una gran obra teatral, -de graves consecuencias para los ciudadanos-, en la que miles o millones de espectadores siguen los diálogos y actitudes de su personaje preferido, siendo la política un verdadero arte: el de generar identificación y confianza.
Por ello extraña que las noticias nos presenten a diario personajes rudimentarios de novela barata, presos de sus pasiones y odios, esclavos de sus apetitos y fobias, incapaces de sobreponerse a la coyuntura y brindar al espectador la ilusión que, en el fondo, necesita. Claro, los antiguos guionistas, maestros en arte de diseñar acuerdos fundamentales y alianzas inesperadas, partieron a su cita con el Infinito y no dejaron aprendices con talento. Los actores dependen de las improvisadas líneas que sugieren los medios periodísticos la noche anterior y comentan la noticia del día hasta que perciben el aburrimiento de la galería, para luego pasar a otra. Lo importante es permanecer en el escenario, a cualquier costo, desempeñando a veces, incluso, dos personajes distintos y contradictorios.
La debilidad de los pocos partidos políticos con experiencia y, el escaso incentivo dentro de ellos para formar nuevas generaciones de políticos profesionales, han permitido que los grandes temas que las sociedades desarrolladas debaten, ocupen aquí orillas marginales en la prensa y en las tablas, pasando casi desapercibidos para un público que asiste desencantado al infame espectáculo diario. Y allí reside el mayor peligro, pues el respetable parece cada vez más dispuesto a cambiar de actores y de escenarios, en busca del encantamiento y seducción de un verdadero artista que bien podría ser un demagogo o aventurero, pero no el guía forgador de consensos que necesita nuestro país.

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